Del Compartir Suba al doctorado en Nueva Zelanda: una historia de éxito

“He aquí una historia de éxito”. Comenzar así un texto es una forma odiosa y pretenciosa para un escrito. Por eso esta historia tiene como único fin traer los buenos recuerdos de épocas de juventud por todos vividas y añoradas, y, quizá, servir de ejemplo para quienes hoy en día hacen parte de la comunidad Compartir.

Esta historia tiene que ver con la lucha y la sed de conocimiento que llevó a un miembro de una familia de clase media colombiana a lugares insospechados; una familia que hizo parte de la comunidad Compartir, y que se ha formado y crecido como muchas otras familias trabajadoras de nuestro país.

No es esta una reseña sobre una persona. De hecho, voy a tratar de omitir el “yo” durante esta historia, pues considero bastante antipático hablar de los “logros alcanzados” por un simple individuo, porque sólo es posible alcanzar grandes cosas cuando se tiene el apoyo incondicional de toda una familia y de tantas personas que inspiran y dan coraje para superar las dificultades que, inevitablemente, se atraviesan en el camino.

Esta historia comienza en Puente Nacional, Santander, lugar que vio nacer a una madre y a sus nueve hijos en distintas décadas del siglo XX. La persona de esta historia recuerda sus primeros años junto a su madre y sus hermanos aún niños en aquel pequeño pueblo, de casa en casa según daban las posibilidades económicas, aprendiendo durante sus primeros años de vida lo que era trabajar con tenacidad.

El primer negocio familiar fue un carro de papas que orgullosamente llevaba su nombre. Fueron años felices, como los de todo niño que tiene la fortuna de ser amado al extremo por su mamá, sin importar las dificultades que para ella y sus hermanos mayores representara buscar el pan de cada día en un país como Colombia.

En los inicios de los 90s, llegó el momento de ir a la gran ciudad, completando así el núcleo familiar que se había empezado a mudar años antes en busca de mejores oportunidades. A pesar de todas las dificultades que representaba sobrevivir en Bogotá, la principal preocupación de la madre de esta persona, y que tiene que ver con esta historia, se resumía en una palabra: Educación. 

“Así que el individuo, desde entonces y aún gracias a la palabra Familia, ha hecho de ‘Educación + Trabajo’ su modo de vida.”

Después de pasar por múltiples instituciones educativas en Suba, según daban las posibilidades para una familia venida de un pueblo cualquiera, sería en el año 1997 cuando gracias a la influencia de un profesor y amigo de la familia, y la insistencia de una madre, logra este individuo ingresar al Colegio Compartir, un conocidísimo nombre en Suba para aquellos de clase media que anhelaban la oportunidad de estudiar.

Pasó este individuo, junto con dos de sus hermanos, los mejores años de su vida allí. Las anécdotas son innumerables, pues no solo era el lugar al que tocaba llegar cada mañana muy a las 6:00 a.m., sino que hoy en día es memoria de muchas experiencias de vida de una familia y de tantas otras “compartireñas”.

Además de las clases de álgebra del profesor Alejandro Marroquín, ¡gracias a las que este personaje puede hoy en día distinguir muy bien la suma de un binomio al cuadrado!, las sesiones de “tortura” en geografía en las que había que ubicar el Éufrates en un mapa en pleno examen oral, o las de cálculo con las maravillosas funciones y derivadas, había un sinfín de historias de vida en esos dos bloques de bachillerato.

Quienes lean esto recordarán, por ejemplo, lo que era juntar dinero para comprar una arepa de $ 1.000 o, en el mejor de los casos, una hamburguesa de $ 1.500 para repartir entre dos o tres. O juntar $ 200 para comprar empanadas, de forma casi ilegal, por la reja. O ir a comer pan recién hecho a las afueras del colegio.

O reunirse en alguno de los apartamentos del barrio a practicar para la obra de teatro o el baile que se tenía que presentar en el descanso. Quedar exhaustos por los duros exámenes de educación física que teníamos, cuando la mayoría teníamos físico de ajedrecista o quedarse en alguno de los balcones esperando a la siguiente clase, cuando era prohibido, y correr al salón apenas venía el profesor. O sembrar árboles en los alrededores del colegio gracias a la fantástica idea de la profesora Olga Lucía – ¡y ver que todavía hoy en día esos árboles existen!-.

O tener que despertar muy a las 7:00 a.m. cada domingo a escuchar el programa de Diana Uribe para escribir luego el resumen. O, con sinceridad, intercambiar este resumen por las tareas de álgebra, pues sin duda ¡unos nacen para las matemáticas y otros para la historia! O contribuir con el negocio de venta de dulces de alguno de los compañeros. También, conocer las historias de tantos estudiantes que, aún a pesar de las dificultades suyas y de sus familias, iban cada mañana a estudiar, con el simple ánimo de aprender algo nuevo, y regresaban sanos y salvos a casa a degustar de un buen almuerzo preparado con amor por madres como la mía.

Este individuo pasó cinco buenos años de su vida en el entorno Compartir, y vio también cómo más miembros de su familia seguían el mismo camino en esta institución. Después de ello, no seguía habiendo más palabra que tuviera sentido: educación. A este individuo le enseñó su madre también que, cuando así lo dicta el destino, la palabra viene combinada con trabajo. Así que el individuo, desde entonces y aún gracias a la palabra Familia, ha hecho de Educación + Trabajo su modo de vida.

Al tener un poco de dinero ahorrado, y siempre gracias al continuo apoyo de la familia, ingresó a estudiar Ingeniería de Sistemas en la Fundación Universitaria San Martín, mientras continuaba trabajando en el negocio familiar. De los buenos años allí también hay muy buenos recuerdos y amistades que al día de hoy permanecen. Años más adelante, ingresó a realizar una maestría en Ingeniería de Sistemas en la Universidad de Los Andes, y a trabajar en un centro de investigación allí mismo durante varios años. También muchos recuerdos y bastantes cosas aprendidas, de libros y de personas.

Pero era consciente el individuo de su deber de alcanzar la cumbre máxima de la educación. Así que hace poco más de un año viajó a Nueva Zelanda con el firme propósito de obtener un doctorado en ciencias de la computación. Y en esas está, aun con la Educación y el Trabajo, pues además trabaja como Científico de Datos y Tutor de algunos cursos del área. Así que es esta una historia todavía en desarrollo.

He aquí este individuo, Diana Katheryne Benavides Prado, Benavides Prado por una afortunada jugada del destino, pontanalina de nacimiento, adoptada por la ciudad de Bogotá y estudiante del Colegio Compartir de corazón, por tanto tiempo mi colegio, mi segundo hogar.

Dom, 2018-10-28